En un patio donde sólo somos números sin cara y nunca
llegamos a conocer a todos los que nos rodean, lo mejor es actuar como si no fuéramos conscientes de ello. Donde el
ser humano es despreciablemente reducido a un asiento que llenar, un nombre en
una lista, un espacio en ese patio, más te vale que no destaques porque acá
está prohibido pensar que sos una persona.
En una casa donde necesito música para escribir, mi obra
maestra, mi materia prima prodigio, se ve reducida a que la ambientación sea
mental. Yo me creo un mundo, un espacio, una utopía, y ahí permanezco en el
ratito que se me ocurre plasmar estas cosas en la computadora.
Vayan pasando, caminen, todos apretaditos, no te vayas a
caer vos, y vos dejá de mirar al piso que nos hacés ver débiles. Caminen, no
paren, no se detengan, ni aunque le sangren los pies, marchen sin emoción con
este himno de plástico que pusimos en el altavoz para que se les grabe en ese
cerebro reseteado que tienen.
Mientras están todos ustedes amontonados en un cuartito,
debatiendo no sé qué mierda, haciéndose los intelectuales, yo te busco a vos
entre todos esos. ¿Donde mierda estás? Hace mucho no te veo ni hablo con vos,
ya me preocupa un poco. Ah, pero ahí logro divisar tu mochila marrón toda
estropeada que tenés colgada en los hombros. Siempre que te veo ponés esa cara
de distraído que no sé si es apropósito o es real, como que en tu momento y en
tu cabeza pasan cosas mucho más importantes que la trivial sorpresa de verme. Como
que no modifico ni altero tu plano mental, simplemente estoy ahí.
Estás entre tanta gente que me cuesta un montón poder
agarrarte de la mochila y no alcanzo a hacerlo.
Le pregunto a una chica si verdaderamente eras vos y me dijo “dejate de
joder, ¿para eso viniste hasta acá?”. Sí, solo crucé toda la capital para
verte.
Salgo de la sala en la que estaban apelotonados todos
ustedes y me siento en un banco de mármol que está en frente de la puerta de
madera que nos separaba. Espero junto a dos chicos de cara conocida pero
deformada y me siento una idiota por la cara que ponés cuando me ves, no es una
sonrisa, no es cara de sorpresa, es cara de “ah, mirá, estás acá”.
Finalmente se abre la puerta y salen todos en manada
tratando de no matarse pero van tan rápido que no puedo verte hasta que te veo.
Esta vez un gordo morocho de remera roja te tiene agarrado del brazo y te está
llevando (a la fuerza diría si no supiera que te va a vender drogas) para
adentro otra vez. Pero trato de ser más rápida y te agarro yo del brazo, el
gordo se sorprende y te suelta, yo empiezo a tirar de vos y te llevo por todos
lados para que no nos encuentre, porque se ve que al gordo le molestó que yo
hiciera eso, el gordo se quería quedar con vos para venderte sus drogas, pero
lo mío era más importante, como siempre. A vos no te importó y pusiste la cara
que ponés cuando no me entendés y te molesta no entenderme.
Te lastima que te agarre del brazo así que te agarro de la
mano para que parezca más dulce, y te llevo por un puente de madera que está a
diez metros del suelo, que no sé de donde salió y tampoco sé cómo es que
aparecimos en un campo nublado cuando antes estábamos en el centro, en capital,
rodeados de oficinas y edificios de veinte pisos por lo menos, con personas de
traje (tanto hombres como mujeres) corriendo para todos lados y hablando por
teléfono, y adolescentes yendo a las bocas del subte despidiéndose de sus
amigos o entrando con ellos.
Vamos caminando por este puente colgante de madera hacia lo
que parecería ser, o al menos lo que yo recuerdo haber visto, un refugio
también hecho de madera, que parecía una casa del árbol (tal vez porque estaba
en un árbol justamente) pero un poco más elaborada, con puerta y una ventana en
cada pared. Entramos y me di cuenta que en ningún momento cuando estuvimos en
el puente me fijé en tu cara, a ver qué estabas pensando o qué te pasaba. Te
miré y no tenías pinta de estar confundido, un poco sorprendido pero claramente
ni vos ni yo estábamos teniendo una reacción normal. Digo, la primera reacción
de cualquier persona que de un segundo a otro cambia de lugar tan bruscamente,
pasando de estar en una calle pavimentada a estar en un puente colgante en un
campo, sería gritar, llorar, implorar, tirarse, desesperarse, buscar a algún
ser humano que pueda ayudarlo, pero no. Nosotros estábamos bien.
Entramos al refugio y nos sentamos en el piso, que era de
baldosas rojas. No había ni cama, ni mesa, ni sillas, ni televisión, ni nada.
Solo un piso de baldosas rojas y polvo. Ambos reaccionamos igual al sentarnos y
quedarnos ahí, esperando algo, sin saber qué estábamos esperando ni por qué en
vez de investigar nos quedábamos quietos. Creo que nos estábamos escondiendo
porque sentía miedo de que alguien nos encontrara, y sentía que nadie podía
encontrarnos.
Entonces te miro a ver si de una vez por todas desde que te
conocí puedo entenderte, porque siempre me costó, sabés, siempre me sentí
diferente a vos porque nunca puedo entenderte y creo que ese motivo, y que a
vos te pase lo mismo, hace que no nos guste estar juntos. Bah, no es eso, nos
encanta estar juntos, la pasamos muy bien, pero cuando te vas ya empiezo a
odiarte otra vez. Y vos a mí. Y creo que es porque no nos entendemos.
Te miro otra vez porque mientras pensaba todo esto estaba
ausente, tildada. Vos también me estabas mirando y seguro que estabas haciendo
tu mejor esfuerzo por tratar de entenderme. O quizás solo te habías quedado
tildado.