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jueves, 20 de marzo de 2014

6 días

En un patio donde sólo somos números sin cara y nunca llegamos a conocer a todos los que nos rodean, lo mejor es actuar como  si no fuéramos conscientes de ello. Donde el ser humano es despreciablemente reducido a un asiento que llenar, un nombre en una lista, un espacio en ese patio, más te vale que no destaques porque acá está prohibido pensar que sos una persona.
En una casa donde necesito música para escribir, mi obra maestra, mi materia prima prodigio, se ve reducida a que la ambientación sea mental. Yo me creo un mundo, un espacio, una utopía, y ahí permanezco en el ratito que se me ocurre plasmar estas cosas en la computadora.
Vayan pasando, caminen, todos apretaditos, no te vayas a caer vos, y vos dejá de mirar al piso que nos hacés ver débiles. Caminen, no paren, no se detengan, ni aunque le sangren los pies, marchen sin emoción con este himno de plástico que pusimos en el altavoz para que se les grabe en ese cerebro reseteado que tienen.
Mientras están todos ustedes amontonados en un cuartito, debatiendo no sé qué mierda, haciéndose los intelectuales, yo te busco a vos entre todos esos. ¿Donde mierda estás? Hace mucho no te veo ni hablo con vos, ya me preocupa un poco. Ah, pero ahí logro divisar tu mochila marrón toda estropeada que tenés colgada en los hombros. Siempre que te veo ponés esa cara de distraído que no sé si es apropósito o es real, como que en tu momento y en tu cabeza pasan cosas mucho más importantes que la trivial sorpresa de verme. Como que no modifico ni altero tu plano mental, simplemente estoy ahí.
Estás entre tanta gente que me cuesta un montón poder agarrarte de la mochila y no alcanzo a hacerlo.  Le pregunto a una chica si verdaderamente eras vos y me dijo “dejate de joder, ¿para eso viniste hasta acá?”. Sí, solo crucé toda la capital para verte.
Salgo de la sala en la que estaban apelotonados todos ustedes y me siento en un banco de mármol que está en frente de la puerta de madera que nos separaba. Espero junto a dos chicos de cara conocida pero deformada y me siento una idiota por la cara que ponés cuando me ves, no es una sonrisa, no es cara de sorpresa, es cara de “ah, mirá, estás acá”.
Finalmente se abre la puerta y salen todos en manada tratando de no matarse pero van tan rápido que no puedo verte hasta que te veo. Esta vez un gordo morocho de remera roja te tiene agarrado del brazo y te está llevando (a la fuerza diría si no supiera que te va a vender drogas) para adentro otra vez. Pero trato de ser más rápida y te agarro yo del brazo, el gordo se sorprende y te suelta, yo empiezo a tirar de vos y te llevo por todos lados para que no nos encuentre, porque se ve que al gordo le molestó que yo hiciera eso, el gordo se quería quedar con vos para venderte sus drogas, pero lo mío era más importante, como siempre. A vos no te importó y pusiste la cara que ponés cuando no me entendés y te molesta no entenderme.
Te lastima que te agarre del brazo así que te agarro de la mano para que parezca más dulce, y te llevo por un puente de madera que está a diez metros del suelo, que no sé de donde salió y tampoco sé cómo es que aparecimos en un campo nublado cuando antes estábamos en el centro, en capital, rodeados de oficinas y edificios de veinte pisos por lo menos, con personas de traje (tanto hombres como mujeres) corriendo para todos lados y hablando por teléfono, y adolescentes yendo a las bocas del subte despidiéndose de sus amigos o entrando con ellos.  
Vamos caminando por este puente colgante de madera hacia lo que parecería ser, o al menos lo que yo recuerdo haber visto, un refugio también hecho de madera, que parecía una casa del árbol (tal vez porque estaba en un árbol justamente) pero un poco más elaborada, con puerta y una ventana en cada pared. Entramos y me di cuenta que en ningún momento cuando estuvimos en el puente me fijé en tu cara, a ver qué estabas pensando o qué te pasaba. Te miré y no tenías pinta de estar confundido, un poco sorprendido pero claramente ni vos ni yo estábamos teniendo una reacción normal. Digo, la primera reacción de cualquier persona que de un segundo a otro cambia de lugar tan bruscamente, pasando de estar en una calle pavimentada a estar en un puente colgante en un campo, sería gritar, llorar, implorar, tirarse, desesperarse, buscar a algún ser humano que pueda ayudarlo, pero no. Nosotros estábamos bien.
Entramos al refugio y nos sentamos en el piso, que era de baldosas rojas. No había ni cama, ni mesa, ni sillas, ni televisión, ni nada. Solo un piso de baldosas rojas y polvo. Ambos reaccionamos igual al sentarnos y quedarnos ahí, esperando algo, sin saber qué estábamos esperando ni por qué en vez de investigar nos quedábamos quietos. Creo que nos estábamos escondiendo porque sentía miedo de que alguien nos encontrara, y sentía que nadie podía encontrarnos.
Entonces te miro a ver si de una vez por todas desde que te conocí puedo entenderte, porque siempre me costó, sabés, siempre me sentí diferente a vos porque nunca puedo entenderte y creo que ese motivo, y que a vos te pase lo mismo, hace que no nos guste estar juntos. Bah, no es eso, nos encanta estar juntos, la pasamos muy bien, pero cuando te vas ya empiezo a odiarte otra vez. Y vos a mí. Y creo que es porque no nos entendemos.

Te miro otra vez porque mientras pensaba todo esto estaba ausente, tildada. Vos también me estabas mirando y seguro que estabas haciendo tu mejor esfuerzo por tratar de entenderme. O quizás solo te habías quedado tildado.

lunes, 17 de marzo de 2014

Quizás debería ser una escritora de primeros capítulos y dejar mi historia así.

Caminar por la calle en otoño mientras vas pisando las hojas caídas que crujen cuando se encuentran con tu zapato es uno de esos placeres que sé disfrutar. Por eso la semana pasada, cuando estaba yendo para tu casa, me abriste y yo tenía semejante sonrisa en la cara. Porque pisar las hojas en otoño le produce a uno el mismo bienestar que según dicen lo provoca también comer chocolate.

Por eso mismo, porque las hojas en otoño son secas y el chocolate libera endorfinas, es que la semana pasada estaba tan suelta y desatada cuando hablábamos, como si no me importara nada. Viste que uno siempre se anda maquineando la cabeza y no para un segundo, pero en ese momento yo estaba en paz y tenía la cabeza vacía. Como cuando te hacen mimos y lo único que querés es que sean eternos para poder disfrutarlos mucho más. Por eso mismo, porque las hojas otoñales son divertidas de pisar, porque el chocolate es exquisito y porque los mimos producen bienestar, es que cuando te hablaba de que teníamos que dejar de vernos porque estábamos podridos y desgastados, lo hacía con ese tono que tanto te gustaba, con el tono con el que solía decir tu nombre, decidido pero suave.

Quizás el problema nunca fuimos nosotros realmente, sino que no teníamos la capacidad o la experiencia, y probablemente la cultura que nos crió y definió que tener una relación implica tal o cual cosa tuvo que ver considerablemente. Lo que pasa es que no podíamos con todo, viste, dos pendejitos que recién habían salido al mundo, nos creíamos mucho pero al final resultamos ser dos boludos. O dos soñadores, es lo mismo. Y entonces por eso, porque las hojas en otoño me hacen acordar a tomar chocolate en invierno, porque el chocolate alivia el frío y porque los mimos también lo hacen, fue que vos me mandaste a la mierda. Pero yo te entendí, porque cuando ya estaba afuera de tu casa y te escuchaba llorar bajito por detrás de la puerta, me sentí plena porque vos te ibas a ir, pero las hojas de otoño que tanto me gustan me estaban esperando y se iban a quedar ahí todos los años. No eran permanentes pero eran constantes.

lunes, 10 de marzo de 2014

Everyday robots

Somos como mecanismos complejos de armar pero ajustables a cada ambiente. Somos tan moldeables como plastilina, y hasta los más tercos tenemos un huequito donde si nos tocan nos desarman por completo. Y yo creo que ese es el fin, o al menos mi fin.
Cuanto más interesante se pone una persona es cuantas más capas se le van cayendo en frente tuyo. Mientras más intimidad, y más confianza, y más sentimientos de comodidad, uno logra adentrarse más y más en esa personalidad que se está abriendo a tu cabeza. Y a tu corazón, por qué no.
Me gusta que las personas seamos tantos retazos de otras personas. Y retazos de recuerdos, y de momentos, y de situaciones, y de experiencias. Me gusta que seamos propios y ajenos. Me gusta que estemos hechos de un poco de todo. Me gusta esa diversidad tan ecléctica que reside en cada uno de nosotros. Me gusta que se nos peguen expresiones ajenas, gestos de otros, canciones de aquel, modismos de este otro, expresiones del de allá. Me gusta que seamos tan diversos que nuestra esencia se hace complicada de definir de tan muchosa que es. (Sí, muchosa).
Me gusta que nuestras cabezas vayan a mil por hora. Me gusta ese remolino de ideas que se agolpa y que cada minuto proyecta una imagen distinta. Me gusta tanto la gente con ideas.

Somos felices con cosas pequeñitas pero casi nunca nos damos cuenta. Yo estoy siendo feliz estando tranquila, y la tranquilidad para mí es felicidad.

Perdonen, no sé, no tiene un sentido todo esto.