.

.

jueves, 26 de febrero de 2015

Papá

Yo me acuerdo cuando no había dolor, cuando la sonrisa era una sonrisa, cuando la risa era realmente inocente, cuando sentía que estaba en una plenitud imaginaria.
Me acuerdo también como un día me rompieron el corazón, cuando me lo lastimaron de verdad como si fuera un vaso de cristal arrojado desde un rascacielos, cuando la sonrisa se convirtió en algo codiciado, en un hecho utópico.
Me acuerdo como me caí tras el estruendo desconcertante de una puerta al cerrarse, un ruido que es tan fuerte que tu cuerpo queda inmóvil. Inexperto se refugia en recuerdos, se trata de mantener de parado. Inútilmente no lo logra porque no sabe en la transición en la que se encuentra, pero siempre muy perseverante se quiere levantar muy rápido.
Entonces yo me situaba ahí, era el piso, y yo. Era el delirio contra mi razón y aún más, era no verte.
No sólo no verte, era no sentirte.
Era no escucharte la voz.
Ahogada en miseria, se podía apreciar la voluntad, las ganas de caminar un poco más. Ahí fue el instante donde pude acariciar lo eterno, pude sentir bailar mi alma, una energía en el pecho que me hizo brotar en vida.
Entonces me paré, tambaleante, no sabía como dar el primer paso. Me daba miedo, no entendía qué hacer.
Después de estar de pie, me daba miedo estar abrumada en un sosiego infinito a la altura de todos mis miedos.
No sólo me pude mantener sobre mi propio eje, sino que pude sentir como mi esencia trataba de congeniar con la tuya. Pero eso para mí era una señal que trataba de llevarme por un camino de paz, por un camino que intentaba guiarme a un lugar donde sólo los dos sabemos que todo es para siempre.
Porque vos realmente nunca te fuiste, vos vivís adentro mío.
Y mientras me acuerde de tu voz, yo sonrío.

Camila Biagosch

No hay comentarios:

Publicar un comentario