En un mundo inundado con bebidas energizantes y cafés con nombres
cada vez más largos, un pequeño acto de rebeldía que a Sol Hatchadourian se le
antoja cometer todos los días es tomar té.
Elegir
el saquito adecuado para preparar la infusión, elegir el gusto que va a
compartir el momento con vos, es como elegir las futuras situaciones que
podrían o no haber cambiado tu vida.
En
el momento en que Sol nacía, aproximadamente mil quinientos millones de
personas estaban tomando té en el mundo. Durante su etapa de jardín, sus
maestras le enseñaron a asociar la merienda (momento de descanso y, para Sol,
momento de comer galletitas) con el mate cocido. La señora que cuidaba a Sol
cuando su madre estaba siendo docente 10 horas al día, le preparaba los tés más
ricos. Tan dulce que sus tardes se teñían con el sosiego de la
irresponsabilidad de su edad, con sus no deberes y sus no preocupaciones, esos
tés estaban saturados en azúcar y cariño, al punto tal que Sol requería uno
para despertarse y otro para ver los dibujitos.
En
la primaria, los años de acoso y discriminación provenientes de niños manchados
con las ideologías obtusas y barriales de sus padres, lograron traumatizar su
pequeña existencia. Su refugio, su simple salvación mental del colapso, era
quedarse en la casa de su abuela y dormir largas siestas en el sillón de
terciopelo, cuya comodidad y esponjosidad la confortaban más que cualquier
psicólogo del mundo.
¡Y
los tés de su abuela! Eran preparados con hojas de burro que cortaba de su
jardín, y, casualmente, tenían tanta azúcar como los que tomaba hacía años. En
su mente, Sol comenzó a asociar el dulzor del brebaje con la felicidad.
Esos “¿querés un té?”, para
Sol significaban “¿querés que hablemos con la excusa de hacerte un té y dejarte
dormir en mi regazo?” a lo que siempre respondía
que sí.
La primera vez que le revolvieron el corazón fue a los quince años.
Un muchacho carilindo que tocaba la guitarra, le hablaba de viajar juntos a donde
ella quisiera, y tenía un pasado tan horrible como desalentador. Como era de
esperarse, ella lo amó y compartió con él miles de tardes e infusiones,
rebalsando su propio mundo de una alegría inexplicable. Lo amó tanto que
cuando preparaba tés para ambos, el de él lo hacía un poquito más dulce que el
suyo, y pasaba más tiempo revolviéndolo para que se mezclaran bien las dos
sustancias.
Lo
único que nunca pudo mezclarse con homogeneidad fueron ella y él. Se separaron.
Por
estas experiencias que se fueron impregnando en la vida de Sol Hatchadourian, podemos
afirmar su estrecha relación entre el té y ella. Dejó de ser un objeto que le
gustaba, para pasar a convertirse en la representación de lo que cada uno llama
“su lugar en el mundo”.
Me encantó Sol! Te vengo siguiendo en Instagram hace un tiempo y amo tus fotos
ResponderEliminarAy, muchas gracias ❤ me alegra que te guste y he de saber tu identidad, jaja
Eliminar¡Amé!
ResponderEliminarPd: Hacer que la palabra 'homogeneidad' suene poética cuenta como un life goal
Awww juanis 💕 gracias
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