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lunes, 23 de enero de 2017

Migajas en Lanús: la abuela está en el horno

-¿Segura que está sola?
-Segura boludo, los hijos se fueron hace banda.
  Hernán observó la antigua casa de piedra. Le gustó como contrastaba con la fealdad del barrio, Valentín Alsina. Miró a su hermana. No se le movía ni un músculo de la cara. Graciela le hizo un gesto para entrar y tocó el timbre.
  Sabían que tenía un nieto que siempre la iba a visitar con su novia, por lo que se tomaron de las manos y la repulsión fue tal que les costó no soltarse.
-¿Sí?
-¿Abuela? Soy Mati, caí con… eh, digo, vine con Luli.
-¡Mati! Ya salgo –ambos se miraron y sonrieron.
  La vieja abrió la puerta y veía tan poco que se quedó observando a Hernán. Se acomodó los anteojos de marco dorado y arrugó la vista. Pensó en que los jóvenes de hoy se cambiaban el corte de pelo muy seguido. Le llevó una mano rasposa, con uñas hundidas, a la cara. Su “nieto” se corrió con un movimiento brusco. Graciela lo miró perpleja y él no supo cómo reaccionar. No podía parar de mirar el lunar con pelos que tenía en la pera.
-Ay, tan arisco como siempre, Mati. Pasen, tengo un bizcochuelo casi listo.
  La abuela los guió por un pasillo estrecho de paredes húmedas hasta llegar a la puerta del fondo. Caminaba encorvada como si el sol la marchitara, provocando el tintineo de los cinco rosarios que tenía en el cuello.
-Te digo, eh, los días lindos me dan ganas de salir con paraguas. –intentó hacer conversación, inquieta por el silencio de los chicos.
  Una vez dentro les indicó que se sentaran a la mesa, y ellos, intentando contener la risa, le agradecieron por el bizcochuelo.
-Contame Luli, ¿cómo vas con el esguince? Yo tengo un dolor de espalda que no se me va ni haciendo macumbas.
-Em…
-Encima la jubilación no me alcanza para comprarme una almohadilla térmica, es tremendo lo que estamos viviendo.
-Sí, eh…
-Y con la lluvia, ¡no sabés como me duele! No me puedo parar del dolor.
  Hernán se rio por debajo, y su hermana le pateó la pierna.
  Mientras comenzaba a sentirse el olor a masa horneada, una idea se había cocido en la mente de la muchacha. Miró a su hermano y le señaló el palo de amasar en la mesada. Hernán no entendía. Señaló el palo, y luego a la abuela. Hernán seguía sin entender, porque prefería eso a tratar de comprender lo que estaba sugiriendo su hermana.
  Ella le susurró “quemarla”. Volvió a señalar a la abuela, y otra vez el palo. La expresión de Hernán se fue transformando lentamente: cejas levantadas, mirada clavada en la cara de su hermana. Esbozó una sonrisa que cuanto más pasaba el tiempo, más parte de su cara ocupaba.
-Abuela, hay alto olor a humo.
-¿Qué? ¡No me digas!
  La señora se agachó, y una sinfonía de huesos sonó. Miró el horno. Como no veía nada, debió abrirlo. En ese momento, Graciela le guiñó el ojo a su hermano y eso bastó para completar el golpe.
  Una vez terminado el bizcochuelo, se dispusieron a revisar la casa. Encontraron joyas antiguas, dólares y un pasaje a Las Termas de Río Hondo. Se llevaron cuanto pudieron, sin olvidarse de dejar una notita para la familia:
  “¡Muy rico todo! La próxima traemos las masitas nosotros.”



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