-¿Segura
que está sola?
-Segura
boludo, los hijos se fueron hace banda.
Hernán observó la antigua casa de piedra. Le
gustó como contrastaba con la fealdad del barrio, Valentín Alsina. Miró a su
hermana. No se le movía ni un músculo de la cara. Graciela le hizo un gesto
para entrar y tocó el timbre.
Sabían que tenía un nieto que siempre la iba
a visitar con su novia, por lo que se tomaron de las manos y la repulsión fue
tal que les costó no soltarse.
-¿Sí?
-¿Abuela?
Soy Mati, caí con… eh, digo, vine con Luli.
-¡Mati!
Ya salgo –ambos se miraron y sonrieron.
La vieja abrió la puerta y veía tan poco que
se quedó observando a Hernán. Se acomodó los anteojos de marco dorado y arrugó
la vista. Pensó en que los jóvenes de hoy se cambiaban el corte de pelo muy
seguido. Le llevó una mano rasposa, con uñas hundidas, a la cara. Su “nieto” se
corrió con un movimiento brusco. Graciela lo miró perpleja y él no supo cómo
reaccionar. No podía parar de mirar el lunar con pelos que tenía en la pera.
-Ay,
tan arisco como siempre, Mati. Pasen, tengo un bizcochuelo casi listo.
La abuela los guió por un pasillo estrecho de
paredes húmedas hasta llegar a la puerta del fondo. Caminaba encorvada como si
el sol la marchitara, provocando el tintineo de los cinco rosarios que tenía en
el cuello.
-Te
digo, eh, los días lindos me dan ganas de salir con paraguas. –intentó hacer
conversación, inquieta por el silencio de los chicos.
Una vez dentro les indicó que se sentaran a
la mesa, y ellos, intentando contener la risa, le agradecieron por el
bizcochuelo.
-Contame
Luli, ¿cómo vas con el esguince? Yo tengo un dolor de espalda que no se me va
ni haciendo macumbas.
-Em…
-Encima
la jubilación no me alcanza para comprarme una almohadilla térmica, es tremendo
lo que estamos viviendo.
-Sí,
eh…
-Y
con la lluvia, ¡no sabés como me duele! No me puedo parar del dolor.
Hernán se rio por debajo, y su hermana le
pateó la pierna.
Mientras comenzaba a sentirse el olor a masa
horneada, una idea se había cocido en la mente de la muchacha. Miró a su
hermano y le señaló el palo de amasar en la mesada. Hernán no entendía. Señaló
el palo, y luego a la abuela. Hernán seguía sin entender, porque prefería eso a
tratar de comprender lo que estaba sugiriendo su hermana.
Ella le susurró “quemarla”. Volvió a señalar
a la abuela, y otra vez el palo. La expresión de Hernán se fue transformando
lentamente: cejas levantadas, mirada clavada en la cara de su hermana. Esbozó
una sonrisa que cuanto más pasaba el tiempo, más parte de su cara ocupaba.
-Abuela,
hay alto olor a humo.
-¿Qué?
¡No me digas!
La señora se agachó, y una sinfonía de huesos
sonó. Miró el horno. Como no veía nada, debió abrirlo. En ese momento, Graciela
le guiñó el ojo a su hermano y eso bastó para completar el golpe.
Una vez terminado el bizcochuelo, se
dispusieron a revisar la casa. Encontraron joyas antiguas, dólares y un pasaje
a Las Termas de Río Hondo. Se llevaron cuanto pudieron, sin olvidarse de dejar
una notita para la familia:
“¡Muy rico todo! La próxima traemos las
masitas nosotros.”
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